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En Septiembre de 2016, momento que supondría el comienzo de mi época post-universitaria, me surgió una oportunidad inverosímil y que nunca hubiera pensado que aceptaría tan rápido: emprender. Conocí a Abián, Ingeniero Electrónico y Biomédico, quien estaba desarrollando una pulsera de monitorización de pulsaciones cardíacas y necesitaba a alguien que desarrollara el prototipo y se encargara de las tareas de diseño, en este proyecto de startup llamado Bitwea Technology.
La verdad es que el comienzo fue trepidante: no tenía ni idea de salud ni de emprendimiento, por lo que todo era un carrusel de información que tenía que asimilar. Lectura de nuevos manuales, reuniones con expertos, asistencia a eventos, masterclasses de formación: marketing, venta, desarrollo web, inversión… había tantas aristas en este desconocido mundo que cada nueva reunión o cada nueva información nos hacía pivotar (qué palabra, eh) hacia ideas, sectores y desarrollos que antes no contemplábamos. Pero sin perder el rumbo, porque teníamos que hacer múltiples pitches, presentaciones y planes de negocio para la infinidad de concursos a los que nos presentamos.
Empezamos por la convocatoria de ActúaUPM, concurso de emprendimiento tecnológico de la UPM y seguimos con hasta siete u ocho programas similares en Madrid y Canarias (Abián vivía en Tenerife). Alcanzamos la final en ActúaUPM, HUB Emprende y FYDE 2016, el premio Accésit CIADE al mejor proyecto 2016, el premio YUZZ Tenerife Innovación Tecnológica Disruptiva 2017… parecía que nos encontrábamos en un camino lleno de rosas. De la etapa concursos saqué dos conclusiones: la primera, que sirven para descubrir compañeros, mentores y formación a la cual no tendrías acceso de otra manera, y eso siempre me quedará ahí. La segunda, que por mucho que te centres en ganar un premio u el otro, estos sólo sirven para ratificar y sustentar aciertos que ya se sostengan por sí solos, porque, si no, crean el espejismo de una burbuja que no se corresponde con la salud real de tu proyecto. El ejemplo más paradigmático es que el premio a Innovación Tecnológica Disruptiva del año nos lo dieron el mismo día que decidimos cerrar Bitwea. ¿Qué valor le puedo dar a ese reconocimiento?
Pero antes de llegar al final, quiero explicar qué sucedió durante el casi año de vida de Bitwea para que dejara de ser esa ola que nos impulsaba a ser “entrepreneurs”.

Podría seguir añadiendo situaciones anecdóticas que me trajo Bitwea, desde asistir a congresos y reuniones con los doctores de los deportistas de élite a las que iba con chuletas llenas de terminología médica, a tardar hora y media en Car2go para llegar a una reunión a un kilómetro por pillar el atasco del siglo (sorry Roger), a coincidir con el fundador de Cabify en los baños de una feria de empleo donde asistí de voluntario representando a Mentor Day Tenerife o a entrevistarnos con el fundador de la empresa líder en tecnología fitness del país, quien casualmente también fue jurado nuestro en uno de los concursos. Pero creo que es más productivo contar qué salió mal y por qué.

«¿Qué valor podía darle al premio a Innovación Tecnológica Disruptiva del año si lo recibimos el mismo día de cerrar?».

Finalmente, y tras unos meses de muerte en vida, pudimos hablar sobre la situación e irónicamente tomamos una de las mejores decisiones del proyecto: cerrarlo. Porque pudo haber sido más estirado, pudo tener nuevas personas involucradas, pudo habernos hecho invertir más dinero, pero ambos sentíamos lo mismo y finalmente terminó cuando tenía que terminar.
Aunque la historia contiene matices satíricos hacia el emprendimiento, quiero dejar claro que realmente van hacia nuestra experiencia, de la cual he podido extraer infinidad de conclusiones. Emprender con Bitwea fue la decisión correcta en su día y estoy orgulloso porque gracias a ello he descubierto un mundo nuevo que me llama mucho la atención pero del cual, de momento, sólo quiero ser espectador. Sin embargo, me llevo todos esos eventos, enseñanzas, tropiezos, anécdotas y personas que, al final, me han conducido a la decisión de empezar a trabajar como freelancer en el diseño industrial y a tratar AIDI como la aventura emprendedora que no sabía que tenía. Realmente, sin quererlo, he acabado emprendiendo.

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