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❤️‍🩹 #65 ¿Y si confundimos sensibilidad con empatía?

Sensibilidad no es lo mismo que empatía.

Si mis soflamas fueran canciones, esta sentencia sería uno de mis acordes favoritos.

Porque es algo que (nos) pasa constantemente. Nos han enseñado desde pequeños que “no le hagas a los demás lo que no querrías que te hicieran a ti” y pocas frases son más falaces en el mundo, porque dan por hecho que todas las personas queremos exactamente lo mismo.

Si por mí fuera, eliminaría el queso de la humanidad. Total, como YO no lo soporto (siento decepcionaros), debe ser justo que nadie más lo pruebe.

Este ejemplo parece tan evidente, pero luego —cuando queremos ayudar a alguien— caemos en la trampa de no empatizar realmente con el contexto que tiene esa persona. Simplemente, vemos un enunciado de examen, donde despejar la X resulta sencillo.

“Si A es X, y B busca X, está claro que A y B deben encontrarse”.

Es la misma premisa por la cual muchos señores extraños me escriben por privado en Linkedin para ofrecerme “un revolucionario servicio digital de algo que no necesitas pero que está hecho para empresas como la tuya”. ¿Qué dices?

De hecho, mi trabajo como researcher (es decir, diseñador que investiga) me ha enseñado que hay que separar el momento de entender del momento de proponer (vamos, Design Thinking básico). En un proyecto, es obvio que interrumpir la conversación en una entrevista de investigación con un usuario para darle tres ideas aleatorias es tarjeta roja directa.

¿Por qué hacemos eso mismo en otros aspectos?

Cuando alguien te explique un problema, escúchalo. Sin juzgar, sin cuestionar, sin proponer.

Sé que a veces nos invade un total Síndrome del Ayudador, pero a menudo ayudar es simplemente escuchar.

Dar apoyo cuando te piden apoyo.

Dar consejo cuando te piden consejo.

No dar nada cuando no buscan nada.

De hecho, suelo ser bastante pedante cuando alguien me pide opinión sobre cualquier asunto por futil que parezca, porque le asalto con 10 preguntas de contexto. Pero es que no te puedo recomendar si es mejor la camisa azul o la verde, si no sé para qué la quieres.

Todos tenemos una serie de implicaciones vitales, generacionales, contextuales, ideológicas, mentales, etc. que nos hacen relacionarnos con el mundo y aspirar en la vida de forma diferente a otras personas (sin ser algo bueno ni malo, simplemente distintas).

Es tan sencillo como preguntar: ¿qué necesitas?

Se nos olvidan estas fórmulas.

Por eso, ser excesivamente sensibles a una situación (positiva o negativa) puede ser algo contraproducente, si la otra persona no está esperando esa respuesta.

Por ejemplo, me hace gracia cuando los políticos (y más en campaña) introducen en sus mítines situaciones “populares” como coger el metro o no llegar a fin de mes. Estás intentando empatizar con el público desde tu atalaya y no cuela. Has derrapado de sensibilidad.

La empatía no consiste en aparentar que todo lo que le pasa a los demás es similar a algo que le pasa a uno mismo y, por tanto, mi empatía nace desde nuestra similitud. Empatía es asimilar que desde la propia distancia de nuestra diversidad, puedo escucharte y comprenderte.

Todo lo demás es positividad tóxica.

Políticos, si ya sabemos lo que cobráis, no vais a caernos mejor porque un día os pongáis un chándal y cantéis un rap. Eso es una falta de respeto a nuestra inteligencia y a vuestra empatía.

De hecho, esa es una de las razones por las que no me gustan los regalos de cumpleaños. Porque en la mayoría de casos la persona regalada tiene que fingir una emoción desproporcionada solamente para saciar la sensibilidad impostada de quien regala. Más Síndrome del Ayudador.

Una buena empatía es cuando asumes que no tienes que hacer nada. Cuando un pequeño gesto es suficiente. Cuando la desproporción es proporcionada.