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Hoy vamos a volver a mi infancia y adolescencia. Etapa en la que pasé horas y horas absorto en los maravillosos mundos de quizá la empresa que más ha tomado prestado mi tiempo de ocio: Nintendo. Lo que nunca imaginé por entonces es que, de vuelta al presente, ese aprendizaje me iba a servir en mi vida profesional. No sólo porque hay cuestiones estéticas y culturales de ciertos títulos que ahora analizo con una óptica mucho más madura (y el ojo del diseñador), sino porque hay patrones en la jugabilidad que son extrapolables a otros muchos ámbitos.

Hace poco me topé con el libro Gamification by Design y me encantó cómo mostraba el enfoque más obvio del término gamificación -un término tan en boca de todos hoy. Es decir, hablaba de su origen en los (video)juegos. Uno de los análisis que más me impactó fue el de los cuatro tipos de videojugadores existentes, clasificados en función de su interacción o acción con respecto al mundo o hacia otros jugadores, de lo que se extraen cuatro modelos como se puede ver en esta gráfica:

Por esta razón, se explica que la personalidad del usuario hace que te atraigan unos estilos de videojuegos antes que otros pero, lo más revelador, explica por qué ciertos juegos son transversales a todo tipo de videojugador, porque contienen elementos de los cuatro. Si quieres saber dónde estás tú, hay herramientas que te lo dicen. (Yo soy 100% Explorer – 40% Socialiser – 33% Achiever – 27% Killer por si deseabas saberlo).

Por poner unos ejemplos rápidos (manteniendo su denominación original), The Sims es un juego para “socialisers”; Call of Duty para “killers”; Candy Crush para “achievers”; y Skyrim para “explorers”. Pero Pokémon, uno de los juegos más exitosos de la historia, funciona porque sacia a los cuatro tipos: puedes combatir y ser competitivo de una forma superficial (killers), puedes intercambiar y colaborar (socializers), puedes dedicarte a capturarlos a todos (achievers) o puedes querer entrenarlos exprimiendo las profundas mecánicas que poca gente conoce.

Sí, el Pokémon más estratégico se basa en conocimientos relativamente profundos de estadística y probabilidad, asemejable al ajedrez.

¿Por qué cuento esto? Como siempre, mi historia introductoria acaba siendo enlazada con algo a nivel profesional. En este caso, relaciono estos tipos de jugadores con nuestra actitud vital, por ejemplo a la hora de encontrar trabajos y equipos afines, que suelen ser quienes se motivan mediante los mismos activadores que tú.

Si realizas una actividad por mero gusto intrínseco y, por la razón que sea, empiezas a tener una motivación extrínseca, luego es casi imposible dar marcha atrás.

De hecho, hablando de motivación, otra cosa de la que habla el libro es la diferencia entre motivación intrínseca y extrínseca. La primera nace de ti y haces algo simplemente porque quieres hacerlo, mientras que la extrínseca ya implica algún tipo de aliciente o penalización que te impulsa a realizar dicha actividad. En esta línea, explica que aquellas personas con carácter “achiever” o “killer” buscan la competición hasta cuando no hay nada que ganar (lo cual es contraproducente cuando te encuentras en un entorno de colaboración). Una cosa curiosa que sucede es que, si una persona realiza una actividad por motivación intrínseca y, en un momento dado, se le ofrece una recompensa por seguir ejecutándola, se produce una migración hacia la motivación extrínseca y, una vez allí, ya no puedes dar marcha atrás. Ese no sólo es el motivo de frustración de muchos niños obligados por sus padres a destacar en cualquier actividad extraescolar, sino que me ha servido para entender por qué a mí me gusta jugar al pádel aunque sea excepcionalmente torpe o por qué sigo haciendo dibujos digitales a pesar de que casi nadie me sigue y no he vendido nunca un encargo. Disfruto con el propio acto y, si entramos en el bucle de la motivación extrínseca, habré perdido la esencia por la que originalmente lo hice.

Acercándonos al ámbito del diseño, las empresas conocen esta diferencia y juegan también gamificando nuestra motivación porque les interesa que, a la hora de consumir sus servicios, nos movamos con una motivación extrínseca, ya que es mesurable y, por tanto, diseñable (aunque requiera un proceso en ocasiones muy complicado para acertar con la tecla correcta).

Por ejemplo, el libro citado arriba cuenta cómo surgió la categoría “prioridad” tan asumida en aerolíneas actuales como Ryanair. Esto lo inventó la compañía estadounidense llamada en su día Continental Airlines que descubrió que el hecho de poner una simple alfombra roja para diferenciar a los pasajeros prioritarios del resto, hacía a estos últimos aumentar su deseo de formar parte del grupo especial, sin tocar ninguna otra mejora del servicio en sí mismo, lo cual fue un éxito desde el punto de vista de la compañía. Lo más curioso sucedió cuando, por ejemplo, incluyeron una tarifa extra para aquellos pasajeros que llevaran equipaje adicional pero inmediatamente se la quitaron a los prioritarios. Éstos acababan sintiéndose mucho mejor por su elección, cuando realmente no habían recibido ninguna recompensa nueva a lo largo de todos estos cambios.

De esta manera, si bien la motivación intrínseca es ideal para nuestras aficiones, a la hora de trabajar debemos prestar más atención a la extrínseca. La primera te lleva a una situación en la que esperas que pasen cosas (quiero encontrar trabajo, quiero aprender a organizarme, quiero crear una rutina…) pero no sabes por dónde te van a venir esas cosas. Sin embargo, gracias a la segunda, esas cosas suceden porque te obligas a que sucedan, creas una estructura de recompensas y castigos. Por eso son bastante irónicos los discursos que ahora están tan de moda sobre “¡Mi trabajo, mi pasión!”, lo cual creo que explica muy bien Beatriz Zamora en esta charla de TEDxYouth.

Además, esta distorsión de las motivaciones afecta también a la percepción que tenemos sobre los demás. Siempre tenemos el sesgo de que, si algo le sucede a otra persona, depende mayoritariamente de su personalidad y su carácter (agentes intrínsecos) pero, si eso mismo nos ocurre a nosotros, todo es culpa de ¡sorpresa!, el contexto, el vecino y la alineación de los astros (extrínsecos). Esto, que es muy común en la sociedad, también se conoce como el error fundamental de atribución y explica por qué se me da más fácil dar consejos a los demás que aplicármelos a mí mismo.

Una vez más, concluyo sin una moraleja definida, os dejo que hagáis el ejercicio de auto-análisis sobre qué cosas os motivan de forma intrínseca y cuáles extrínsecas y, en estos últimos casos, qué mecanismos son los que activan la motivación. A la hora de trabajar en equipo, al final es una cuestión de empatizar con la persona que tienes a tu lado y encontrar la sincronía no sólo en lo que hacéis sino en por qué lo hacéis. Ah, y no dejéis de jugar al pádel… ni a Nintendo.

Imagen de cabecera tomada en la juguetería Hamleys de Londres.