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Acabo de cumplir mi primer mes encerrado y llevaba días rondándome por la cabeza la idea de escribir sobre cómo lo he vivido. Sé que hay muchos ángulos desde el que abordar una cuarentena pero, por esta vez, quiero centrarme en el personal, que para crispaciones ya tenemos Twitter. Por darle un poco de estructura, lo he dividido en sus cuatro semanas:

Semana 1: Desconcierto

Reconozco que me fastidió especialmente que esto llegara justo ahora (¡como si se pudiera elegir!). Después de varios años deambulando en busca de mi camino, por fin ya no solo veía la luz al fondo del túnel sino que me deslumbraba: por primera vez, tenía proyectos cerrados con meses de antelación -encima de los bonitos- y, por qué no decirlo, me apetecía mucho. Intenté consolarme relativizando mi situación, sabiéndome un afortunado porque mi sustento no dependía extremadamente de esta racha; al fin y al cabo, llevaba varios años así. Pero también quise reclamar mi derecho a decepcionarme, que no somos de piedra.

A continuación, paralelamente me vi envuelto en un torbellino de propuestas que no vi venir (montar cursos online, lanzar deberes pendientes, adaptar proyectos a versiones digitales, ayudar en campañas solidarias…), todo el mundo a mi alrededor estaba activando mil iniciativas mientras yo aún estaba lamiéndome las heridas. Luego me di cuenta de que no era todo el mundo, solo que quienes lo hacían, acaparaban todos los focos.

Durante unos días me sentí tentado de profundizar en las iniciativas makers que trabajaban en torno a la fabricación de nuevos productos médicos, cuyas aguas al final llegaron a su cauce tamizando la proliferación de inicios desestructurados. Por primera vez, sentí el peso del título; llevaba años sin ser ingeniero pero, claro, en este contexto, no ayudar debería remover conciencias. Luego me di cuenta de que el título (sarcasmo) no es habilitante y, si no soy un experto en ninguna de las áreas en las que se necesitaban profesionales, mejor dar un paso al lado y que las ganas de ayudar no obstaculicen una organización que ya de por si fue complicada (ya he manifestado mis ánimos y enhorabuenas a quienes han conseguido hacerla posible).

Aun así, no pude evitar consumir nuevos discursos solidarios desde todos los ángulos. Casi cada consultora de diseño a la que sigo en Linkedin (lo siento si eres una de ellas) lanzó la «mejor» campaña para ser solidaria, algunas acompañadas de formularios de registro de datos personales (¡no vaya a escaparse nadie de saberlo!). Empezó a agobiarme tanto estímulo. Está claro que hay personas que quieren ayudar (quizá todas) pero sentía que debe ayudar quien debe y no solo quien quiere, creo que es una de las cosas principales que he aprendido estos años diseñando. ¿Tiene el mismo valor quien ayuda genuinamente solucionando problemas específicos que quien lo hace solo para combatir el aburrimiento o como campaña de marketing? ¿Por qué intentamos ayudar de forma individualista y descentralizada para impulsar campañas que deberían liderarse desde las administraciones y gobiernos? ¿De verdad nos conformamos con que 300 personas tengan la misma idea básica en lugar de que hacer activismo para que la institución con los recursos se encargue de implementarla?

Incluso siendo bastante retorcido y abriendo miras a la sociedad en general, ¿por qué personas que durante años nos hemos aprovechado (directa o indirectamente) del consumismo impulsivo y del trabajo precario o que hemos olvidado la empatía con las personas vulnerables, ahora perdemos la cabeza por ayudar? ¿Es porque los destinatarios somos «nosotros» y no son «ellos»? Si todo esto vuelve a una nueva normalidad, ¿nos preocuparemos de esas personas que también merecen ser ayudadas o la solidaridad generalizada también responde a modas?

En fin, tenía mi sistema ético patas arriba.

 

Semana 2: Reflexión

Quienes me conocen saben que no hay nada que me guste más que un buen análisis y un esquema inventado. Entre mis compatriotas del barco del diseño, identifiqué dos variables clave para definirles: la actividad durante estas semanas y la utilidad de dicha actividad, lo cual nos lleva a cuatro cuadrantes donde sobra decir que un mero desliz lingüístico -trampas de la comunicación en eras digitales- suponía cruzar de un cuadrante al vecino.

Podemos encontrarnos con diseñadores activadores, aportando un gran valor liderando iniciativas valiosas con inteligencia; diseñadores oportunistas, aprovechándose de la situación para vendernos su marca y financiarse la campaña de redes sociales; diseñadores resignados, dando un paso atrás incluso huyendo del sector desentendiéndose de cualquier debate; y finalmente diseñadores reflexivos, donde me permito la licencia de incluirnos, porque queríamos aportar, pero primero necesitábamos pensar en el cómo. 

Al fin y al cabo, así diseñamos en cualquier proyecto, no empezando por la solución sino conociendo bien los problemas primero.

Esto nos llevó a rescatar llamadas pendientes con personas que nos ofrecieron conversaciones muy interesantes en las que pudimos reflexionar de forma colectiva. Esto nos llevó incluso a crear un nuevo formato desde AIDI (¡que cumplía un lustro y nosotros en casa!) para pasar las tardes de los lunes que, en mi caso, también servía como faro para marcarme los comienzos de semana.

Y vamos que si reflexionamos. Nos parecía llamativo el repentino e inédito cambio de rol que el consumo de cultura había adoptado en las vidas de algunos. ¿Creeremos que lo habitual es que músicos, museos, escritores, etc. ofrezcan su trabajo gratis? ¿O nos hará comprometernos con el colectivo del arte y la cultura en tiempos de post-cuarentena? ¿Dónde acaba el límite de la solidaridad y dónde empieza el límite de querer comer por tu trabajo? Sin olvidarnos de que muchas de estas iniciativas parten de una posición de privilegio y a veces nos olvidamos de quienes sustentan esa producción. Dani Martín o Rozalén pueden permitirse el lujo de dar un concierto online gratis porque tienen la vida resuelta, pero todo su equipo que les acompañan no ganarán ahora dinero con ello, tampoco cualquier cantante que vive de bolos en bares (realidad que ellos han visibilizado, lo cual aplaudo). De la misma manera, nos podríamos preguntar hasta qué punto una gran consultora debe gastar recursos en publicar un completo catálogo de cursos online gratuitos, rompiendo el mercado e imposibilitando que aquellos que necesiten producirlos para comer, no tengan margen alguno de ofrecer beneficios en estos meses.

La reflexión dio para mucho, aunque salí reforzado en el concepto de sentirme «estratégico». Un poco irónico que estos días se ha reivindicado el buen diseño, el diseño social, el diseño con sentido, el diseño sostenible… quienes dicen esto, ¿qué hacíais antes? ¿Diseño mal aposta? Creo que también deberíamos quitarnos ciertas capas de héroe y ser conscientes de qué está de nuestra mano. Muchos de los proyectos de nuestro entorno sobreviven solo en tiempos de bonanza (o burbuja), porque buscan la optimización, no la salvación. Ahora solo sobrevivirán los que limpien los humos y encuentren un verdadero sentido.

 

Semana 3: Estrategia

¡Manos a la obra! Hablo de agobio y reflexión, que existieron, pero realmente estuvimos estas semanas trabajando también en proyectos que teníamos por terminar y en propuestas que queríamos intentar. Y, como nos encantan, hicimos una sesión sobre el (nuevo) futuro de Macedonia que hasta hace dos semanas parecía muy claro.

Quizá de forma casi irónica se nos ocurrió: «¿por qué no utilizamos la metodología de futuros?» Esa que ahora recibía tantas críticas porque no había previsto nada de todo esto (me parece que hay personas que escuchan la palabra «futuros» y confunden metodologías y herramientas con hechizos y cartas astrales). Sea como fuere, sacamos un nuevo tablero de Miro considerando variables interesantes para la existencia de nuestra marca. Tras la cuarentena, ¿habrá un aumento del consumo de servicios o de productos? Vemos ambas opciones viables por razones antagónicas que, probablemente, coexistan y polaricen a la población (más polarizada que nunca, por cierto). Todo el mundo está sacando fuego a sus suscripciones de servicios como Netflix pero nunca había echado yo tanto de menos un ordenador potente o, en su defecto, la última videoconsola, necesidad que antes saciaba con intangibles experiencias. Por otro lado, ¿habrá un aumento o disminución de la demanda de diseñadores (internos y externos)? Sí, sabemos que habrá una limpieza de humo, pero eso es suponer la vanidad de no identificarnos en esa categoría y, además, que la limpieza no será arrasadora para todos los aires.

De momento, tuvimos claro que Macedonia es lo que es, y debe seguir siéndolo. Nuestra especialidad es el fuego lento, pensar, investigar, reflexionar, analizar y, una vez hecho esto, construir. Y no vamos a cambiar la filosofía ahora porque entonces dejaríamos de ser lo que somos. Toda adaptación que tengamos que hacer de nuestros servicios siempre podemos hacerla a título personal, es la gran ventaja de la dualidad de marca. Pero Macedonia no debe posicionarse como algo frenético, improvisado, parcheado, táctico. Por esta razón, hemos empezado a trabajar en acciones estratégicas (nos gusta más llamarlo «tejer redes que teníamos a medias») que podamos lanzar en unos meses. Nos tocaba fase de convergencia pero debemos diverger el doble, esperando no perdernos cuando llegue el momento de reencontrarnos.

Además, inteligente consejo el que nos dieron de que no tiene sentido que seamos los diseñadores los que lideremos una cruzada imaginaria y visionaria si ni el mercado ni la población salen preparadas para aceptarla.

La continua promesa de alargar el estado de alarma quincenalmente me ha traído retales de reminiscencia de aquella época en la que esperaba la llamada de ciertas empresas en dos semanas. Además, todo el imaginario de las ayudas para autónomos me recordaba la fragilidad con la que convive esta figura. No, no puedo cobrar las ayudas porque no puedo justificar mis pérdidas; no, no quiero cerrar porque no tengo un toldo que bajar; y sí, quiero trabajar, pero por ahora no puedo, al menos de lo mismo. Superado 2018, no quiero caer en la trampa de repetir dicha etapa, ahora tengo las cosas claras.

Semana 4: Resignación

Finalmente, llegó la rutina. ¿Hoy era lunes o era viernes? Quizá mi forma habitual de entender el trabajo me ha hecho diluir el concepto de semana, lo cual ha tenido sus puntos positivos y negativos. De hecho, me ha sorprendido la capacidad de ciertas personas para rigidizar tiempo de trabajo y de vacaciones, con su correspondiente creación de relatos auto-convincentes. 

Por ejemplo, la historia de vivir constantemente en la incertidumbre y la inestabilidad (como, por cierto, contamos en nuestra primera publicación de una Yorokobu que nunca llegamos a tocar) creo que nos da una habilidad para ahora saber leer sin demasiada sorpresa esta nueva rutina y sacarle mejor el provecho. ¿Cuándo estamos legitimados para intentar volver a trabajar?

Lo que está claro es que demasiados cursos, demasiadas campañas, demasiadas conferencias… y nadie está dispuesto a consumirlos. Creo que nunca me había apetecido tan poco escuchar las mismas eternas discusiones sectoriales y nunca me había apetecido tanto sentarme a leer o a rescatar antiguos juegos de la N64, sin más.

Esto creo que se debe a que he tenido que pedir prestada la personalidad “zen” de varias de mis amistades más allegadas, porque la mía siento que ha sido secuestrada por el mercadeo de las redes sociales, las comunicaciones perniciosas y las ansias activadoras. Quiero hacer cosas, pero quiero hacer las que me apetecen, luego ya veremos.

También tengo claro que, cuando esto pase, quiero reforzar mi ocio, consumir más cultura, quiero ser más consciente, más activista, más transparente. No sé si será verdad que saldremos cambiados como sociedad pero tengo claro que eso pasará primero por cambios individuales.

He contado estas cosas como también podría haber contado otras totalmente distintas. De momento, toca seguir en pausa.

¡Mucho ánimo!

Por alguna razón, tengo por costumbre hacer fotos a lugares que me inspiran. Ahora, tengo en mi móvil una carpeta llena de espacios de coworking, oficinas, escuelas, auditorios… todas vacías. Nunca pensé que vendrían tan a la ocasión. He escogido la de nuestra presentación de Spaces y nuestro habitual Talent Garden.