«¿Por qué tenemos que ir corriendo a todos lados?» me suele decir David cada vez que le hago apurar un semáforo intermitente o bajar las escaleras mecánicas a toda prisa para no perder el metro a punto de irse del andén.

Como buen madrileño, suelo tener prisa tanto cuando estoy en movimiento como cuando estoy parado. Sin embargo, también es verdad que llevo más de un año con la misma serie viéndola a capítulo por semana, que me puede durar nueve meses completar un videojuego de duración estándar o que me gustar leer todas las notas referenciadas de cada libro y me paro a hacer apuntes cuando lo acabo. En cambio, muchas veces observo cómo esas personas que critican mis carreras pueden ver una serie entera en un solo fin de semana, llegando a casos extremos de acelerar la velocidad de una película para terminarla antes, aprender técnicas para leer un libro en diagonal o considerar un museo visitado cuando se ha puesto el pie en todas las salas, independientemente del tiempo pasado en ellas.

Hoy lanzo la pregunta: ¿la cultura tiene tiempos de consumo?

 

Divergencia friki

Quien me conoce sabe que vengo de un (orgulloso) pasado friki videojugador pero, también es cierto, hace casi 13 años que no me compro una videoconsola (¡wow!). Tras un pertreñoso sendero por el juego arcade casual, creo que estoy desarrollando una nueva inmersión al videojuego desde un ángulo diferente, llamémoslo como medio de cultura activa. Ya os conté que el Test de Bartle me demostraba que soy 100% explorador, lo cual quiere decir que no me importa ganar. De hecho, no me importa la meta, me interesa el camino. Quizá el videojuego que ha inaugurado esta nueva etapa y, por tanto, uno de los que más he paladeado nunca, ha sido la reliquia The Legend of Zelda: Majora’s Mask, que aún tenía pendiente. Por primera vez, me interesaba tanto descubrir los recovecos del juego que he llegado incluso a usar hacks para avanzar en la narrativa cuando la única vía «legal» que te proponía el juego era el llamado farmeo (básicamente perder tiempo en tareas repetitivas que no aportan valor a la trama aunque, por fortuna, en este juego había poco de ello). En cierto modo, he optimizado a mi manera la experiencia cultural que te ofrece el juego para que se alinee con la experiencia cultural que busco en general.

Pienso en todas aquellas horas echadas entrenando Pokémons o cazando bichos en el Animal Crossing y me echo a temblar. He llegado a entender (e incluso apreciar) los gameplays que sirven de guía, porque te quitan la paja y -si están bien hechos y comentados- te muestran EL camino más coherente para conocer todo lo que esconde un videojuego.

En cualquier caso, sea intensificando una faceta u otra, muchas veces he sentido que «vivo más» la misma experiencia que otras personas. Ya no por el extra de horas invertidas sino porque, por ejemplo, no concibo jugar un videojuego sin luego intentar dibujar mis propios niveles, investigar documentación sobre ese universo o posibles goofs de la línea narrativa. Ahora, encima, le sumo la contemplación de los detalles.

 

¡No me invites a comer!

Después de soltar esta retahíla de exquisiteces, podéis gritarme: ¡intenso! ¡sofisticado! ¡condescendiente!

Pero nada más lejos de la realidad, por eso voy a relatar mi extremo opuesto: la gastronomía. Quienes me conocéis sabéis que «como para vivir» en lugar de que «vivo para comer». Si algún día me lleváis a alguno de aquellos restaurantes con una carta cara y comida esferificada, probablemente pediré que me lo hagan puré y lo metan en un bote para bebérmelo con una pajita. No me temblaría la voz para afirmar rotundamente que los burritos del Taco Bell y los mochis del Mercadona son mi mejor experiencia gastronómica.

Por hablar claro, ¿recordáis cuando decís que los tomates que comemos en la ciudad no saben como los del campo? Para mí todos saben igual. Y me siento culpable, porque sé que hay un trabajo, un esfuerzo y una calidad detrás, por lo que prefiero disculparme bajo la sospecha de que tengo distrofia de gusto y/o de olfato.

Conversando sobre estos temas con David, Vicky y Sergio, llegamos a la conclusión de que existe una diferencia entre el consumo como entretenimiento y el consumo como experiencia cultural. Ambos son legítimos, aunque es una lástima cuando algo concebido para lo segundo se quede en lo primero. Llevándolo a la deformación profesional, si un producto se consume de una forma compulsiva pero este no fue diseñado para ese consumo intensivo, se produce la fatiga del producto y borra la magia, pierde la esencia. Esto me llevó a pensar qué es lo que más aprecio cuando consumo cultura. En mi caso: experienciar, aprender e inspirarme.

 

Sesgo de la asociación de recuerdos

Por ejemplo, volviendo a los videojuegos (lo siento, ya dije que era friki), completar la primera oleada de la saga Ace Attorney (es una aventura gráfica sobre abogados y la mejor recomendación que os puedo hacer hoy, en serio) me supuso años y, ahora, una década después, sigo relacionando cada una de las entregas (incluso casos) con etapas concretas de mi vida, lo cual me genera un sentimiento de nostalgia positiva. En cambio, tengo personas muy cercanas que son capaces de absorber toda una saga cinematográfica en 24h y, a los 3 días, ya ha olvidado el argumento principal. Si le pregunto dentro de varios años, no recuerda ni que la había visto.

Quizá es una de las razones por las que me cuesta ver películas: son instantáneas, no evoluciono con ellas. Prefiero ver una serie durante años y facilitarme autohypes. Me sigue pareciendo precioso generar la experiencia de ver un capítulo por semana y crecer en tiempo real con los personajes. No concibo levantarme por la mañana sin saber NADA de una historia y acostarme donde ya la he vivido TODA.

 

La barrera del aprendizaje

Suelo escuchar a ciertas personas que me dicen con resignación «es que sois creativos» como si fuera algún tipo de obsequio de los dioses. La creatividad se entrena y se aprende. Aunque intervienen más factores, no hacerlo es una decisión propia que subyace de la pereza personal, no divina.

Hace poco leí una frase de Nietzsche (de su aforismo «Principal defecto de los hombres activos») que decía tal que: «A los activos les falta habitualmente una actividad superior […] en este respecto son holgazanes. […] Los activos ruedan, como rueda una piedra, conforme a la estupidez de la mecánica.» No solo me he sentido identificado en ciertas etapas de mi vida, sino que me recuerda a aquello de «tan atento haciendo lo que piensas que no piensas lo que haces». También me vale «un paso hacia atrás para dar dos hacia adelante» que diría Ricky Martin.

La única sensación a la que he llegado es que aquellas personas que saben escoger y saborear mejor sus consumos, son casualmente las más reflexivas y creativas que conozco (cuadrante II, aunque de esto hablaremos otro día). Son aquellas a las que me imagino sentadas delante de un libro, subrayándolo, pensando sobre una frase que les ha llamado la atención, buscando libros similares, etc. y construyendo una experiencia holística sobre ese libro.

 

La inspiración y la expiración

Al final, aunque el «tiempo tangible» de visionado sea el mismo para dos sujetos -porque los minutos que tiene, pongamos una película, son los que son-, hay un «tiempo intangible» de hype, de abstracción, de reflexión, de espera, de documentación… que es el que crea el vínculo emocional, la inspiración, la imaginación. Es el valor añadido al producto, hablando en términos diseñiles.

Si la vida es tomar decisiones, a veces no consiste en pasar por todos los puntos (como dice Sergio) sino elegir qué puntos son por los que cada cual quiere pasar. A veces contemplo la escena como un bingo infinito donde «la hiperactividad es, paradójicamente, una forma en extremo pasiva de actividad que ya no permite ninguna acción libre», que dijo Han en «La Sociedad del Cansancio».

 

Vamos acabando

Ojo, parece que me estoy posicionando en una de las dos versiones de consumo para atacar a la otra pero hasta hace apenas unos meses no había sido consciente de esta diferencia y de cómo oía música sin pararme a escucharla, cómo eludía museos porque no los entendía y cómo me dejaba rodar (como la piedra) por ceñirme a estilos concretos sin permitirme precisamente explorar, porque todo esto lo hacía como entretenimiento o, acertadamente podríamos llamarlo, pasa-tiempo.

De la misma forma que una cultura solo cala en la sociedad tras un ejercicio de asimilamiento, a nivel individual deberíamos revisar cómo abrazamos sus representaciones mínimas y de qué mecanismos disponemos para que se aprehenda.

Pero… ¿acaso no influye que el producto cultural esté atinadamente concebido? ¿Quién y cómo nos deben educar para discernir eso? Eso lo hablamos otro día, que ya lo tengo pensado. 

 

La imagen la tomé durante la exposición de Skeens de Elisa en la Laboral de Gijón. Debo reconocer que es una de las personas que me han hecho re-entender el valor de la cultura, el arte y la reflexión. En otra época habría buscado si esa bufanda tan larga emitía música al pisarla o algo así.