El colapso 🌎

Siento traer estas noticias para ti nada más empezar pero estamos viviendo la era del Colapso.

O más bien, la era de la narrativa del Colapso. Mires donde mires, nos rodean infinidad de libros, películas, series o videojuegos en torno a una misma idea: en el peor de los casos, la humanidad se extingue, normalmente con algún grupo de aventurados supervivientes como en los casos de “Metro 2033”, “Soy Leyenda” o “The Last of Us”; en los más generosos, presentando sociedades totalmente disruptoras respecto al presente que siempre hemos conocido, como en los casos de “1984”, “Bioshock” y “Black Mirror”.

Es una temática que funciona, porque facilita la creación de héroes y villanos, pero también porque sacude nuestras entrañas ante imágenes de contraste (”mira qué mal están en la peli, menos mal que acaba y volvemos a nuestra inmutable normalidad”).

Sin embargo, el colapso (ya con minúsculas) es un concepto científico que está cobrando relevancia en las últimas décadas, básicamente porque es una realidad el hecho de que nos estamos abocando hacia él.

Aquí la pregunta es: ¿qué hay de real en este colapso que nos muestra la ciencia ficción? ¿Qué significa exactamente que la sociedad está colapsando? Y lo más importante… ¿hay alguna forma de evitarlo?


Lo que no es COLAPSO

Para definir conceptos complejos, muchas veces es más sencillo plantearlo como un ejercicio de negación. Es decir, vamos a empezar pensando qué NO es el colapso.

  • El colapso NO es el Apocalipsis. A pesar de lo que muchos directores de cine nos han metido en la cabeza, la humanidad no va a estallar de un día para otro. No va a caer un meteorito como en “Don’t Look Up” y no se va a apagar el sol, al menos en un período temporal durante el cual debamos preocuparnos sobre nuestra existencia planetaria. Tampoco van a venir los aliens, ni va a haber una invasión zombie, ni se van a rebelar los robots. A la hora de imaginar distopías sobre el futuro es mucho más fácil presentar escenarios extremos que moderados pero la buena noticia es que la totalidad de esos escenarios no son solamente improbables sino imposibles.

  • El colapso no se trata de supervivencialismo. La sociedad explota en una especie de revolución donde se genere el caos y sólo los más espabilados serán capaces de coger su mochila de emergencia y meterse en su búnker o subirse a la montaña con una navaja entre los dientes (dependiendo de si eres estadounidense o europeo). Este relato anarcoliberal realmente parece que intenta escapar del sistema capitalista bajo un lema de “sálvese quien pueda”, pero realmente asume la perpetuación de su existencia para funcionar (si la totalidad de la población se fuera al bosque a “sobrevivir” por su cuenta, dejaría de tener sentido porque acabaríamos volviendo a las estructuras sociales previas, sólo que en el campo).

  • El colapso no se entiende desde el ecologismo tradicional enmarcado bajo la óptica capitalista. Ensayos como “Colapsología” de Pablo Servigne acaban con conclusiones muy parecidas: es necesario acabar con el capitalismo que conocemos si no queremos colapsar. Esto quiere decir que de nada sirve que, por ejemplo, inventemos los coches eléctricos si sólo los van a utilizar una pequeña élite en los países más privilegiados, mientras en China, India, Pakistán, Indonesia y Nigeria hay un total de 3500 millones de personas emitiendo polución del motor de gasolina.

Quizá es evidente remarcar esto pero el colapso del que hablo por supuesto que no se trata de ciencia ficción, de superstición astral o de epifanías especulativas. Es simplemente resultado de las predicciones científicas de más alto nivel. Un consenso que, por cierto, cada vez es más generalizado.

Si algo nos enseñó The Legend of Zelda: Majora’s Mask, es a tener miedo a que la luna se nos caiga una noche encima.

El colapso es un término de difícil digestión porque se enfrenta a pecho descubierto contra muchos de nuestros sesgos cognitivos e intuiciones. En especial, cabe destacar el sesgo del status quo que dicta que si una situación siempre ha sido así, por algo será y, además, nunca cambiará.

Es cierto que el modelo social en el que tú y yo hemos vivido siempre ha sido el mismo. También el de nuestros padres y nuestros abuelos. Sin embargo, no siempre ha sido así. Un punto de inflexión en nuestra historia reciente fueron las revoluciones industrial, científica e ilustrada que tuvieron lugar desde finales del siglo XVIII hasta comienzos del XIX, que moldearon la sociedad sobre la que se han erigido la mayoría de nuestros pilares más sagrados (libertad individual, búsqueda del progreso, derechos humanos, uso de la razón, propiedad privada o libre mercado).

Pero no olvidemos que existimos como humanos desde hace más de 200 000 años, de los cuáles solo nos hicimos sedentarios desde la “invención” de la agricultura (el origen de todos los problemas de después según algunos) hace tan solo 10 000 años.

Si nuestra existencia fuera un partido de fútbol, la realidad que nosotros conocemos como “lo de siempre” sólo son los últimos seis segundos del tiempo de descuento.

Me da igual que consideres que el corte fue la entrada en la edad moderna, por ejemplo, simplemente añadirías un par de segundos al crono (aunque como colchonero doy fe de que esos segundos pueden dar para mucho).


Lo que sí es COLAPSO

Ahora sí, por fin, dejamos los rodeos y vamos directamente al colapso. ¿Qué SÍ es?

El colapso es un concepto abstracto por el cual asumimos todas aquellas evidencias científicas que demuestran que nos encontramos muy cerca de los límites de crecimiento de nuestra sociedad y los recursos que la hacen funcionar.

Vivimos en una era acuñada recientemente como Antropoceno, en la cual la actividad humana afecta reseñablemente al propio planeta pero un discurso del fin del mundo no deja de ser un acto egocéntrico porque, para bien o para mal, lo que está en riesgo “sólo” es nuestra civilización humana.

Sin embargo, entre dejar que el sistema siga su inercia (e ignorarlo) y ponernos a rezar desconsolados, hay margen para la actuación. Pero se trata de una actuación que parte de la base de que ya la hemos liado. No actuamos para salvar el mundo, actuamos para adaptarnos ante la que se nos viene encima. Todavía queda mucho por hacer.

Las formas de hacer y de pensar propia del pensamiento colapsologista no proponen escaparse del capitalismo por la puerta de atrás, sino trabajar de forma colectiva para diseñar modelos alternativos que lo sustituyan.


¿Cuáles son estas evidencias y por qué tanta tirria al capitalismo?

En el año 1972, un grupo de investigadores del MIT (Massachussets Institute of Technology), liderados por la científica Donella Meadows y su marido Dennis publicaron un informe llamado “Limits to Growth” (también conocido como el “Informe Meadows”).

En este informe reflejaban varias tendencias exponenciales que la sociedad del siglo XX estaba viviendo y en qué momento dicha tendencia dejaría de crecer para estabilizarse y, finalmente, decrecer.

No estamos hablando de conceptos abstractos, sino bien tangibles: recursos naturales, población, contaminación, ratio de comida por persona o ratio de producción industrial por persona. Todos ellos se encontraban en pleno crecimiento fruto de las revoluciones industriales previas pero, lógicamente, un crecimiento infinito no tiene sentido en un planeta con recursos finitos.

Una de las cifras más significativas en la actualidad son los 1,5 grados que nos hemos propuesto no incrementar la temperatura del planeta para 2050 y, si puede ser 2030, mucho mejor para evitar consecuencias catastróficas, según el IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático)

En el último medio siglo, 4400 especies de animales han decrecido su número en una media de 68% (WWF), es decir, hemos perdido dos tercios de población animal. Las emisiones de CO₂ en la atmósfera durante este periodo suponen casi un 70% del total en la historia y el oxígeno en el mar ha descendido un 2%.

La fecha en que estas métricas revertirían su sentido se señala en una horquilla que tiene lugar durante la primera mitad del siglo XXI. De hecho, nuestra década de 2020s es uno de los principales puntos de inflexión, manifestada por un descenso en la población mundial. No cabemos más gente en el planeta.

A la izquierda, gráfico simplificado e integrado de las variables estudiadas en el Informe Meadows. A la derecha, la actualización que hicieron en el año 2000.

El capitalismo es un sistema que necesita de esta búsqueda expansiva del crecimiento para sobrevivir. Cualquiera de sus elementos trabajan esa misma lógica: las empresas tienen que facturar más; las ciudades, tener más habitantes; las producciones audiovisuales, más audiencias; los supermercados, más productos; los estadios de fútbol, más butacas; los partidos políticos, más votos; las carreteras, más carriles; las granjas, más vacas; los pisos, más hipoteca… y así con todo.

Simplemente pensemos: ¿qué modelos económicos de verdad no necesitan una búsqueda constante de crecimiento para sobrevivir sin problemas?

Probablemente se nos venga a la cabeza la imagen de un afable campesino en entorno rural que produce para su comunidad local. Si pensamos en aquello que consumimos, es mucho más difícil imaginar algo que tengamos al alcance de nuestra mano que no haya viajado miles de kilómetros.

Desde esta óptica, ecologismo y capitalismo son incompatibles.

Porque hay investigadores trabajando durante años para desarrollar un nuevo material avanzado polimérico que facilita el índice de reciclabilidad… pero su fama hace que las carcasas fabricadas con él se vendan más y acaben viajando millones de kilómetros en avión, contaminando un equivalente de lo que pretendía ahorrar.

Porque estamos desarrollando las tecnologías más avanzadas de la historia para facilitar la descentralización de las estructuras de poder mediante blockchain… pero luego acaban en manos de un pequeño grupo social reducido donde el minado de bitcoins ya supone más emisiones de CO₂ que 174 países del mundo, cuando más de un 70% del uso actual de las criptomonedas es la especulación.

De hecho, estamos en una época de tanta vertiginosidad en la irrupción tecnológica que, como define el filósofo Luis Montero “es imposible una negociación entre los habitantes de los espacios donde aparece la tecnología, cuyos usos casi siempre son desmedidos para quienes no son sus dueños”.

En el ensayo “Petrocalipsis” del científico Antonio Turiel, se analizan uno a uno todos aquellos medios de extracción energética (carbón, gas natural, petróleo) que nos han llevado al colapso y también todas aquellas soluciones que aparentemente van a salvarnos de él (energías nuclear, eólica, solar…). La conclusión a la que llega es totalmente demoledora: no estamos preparados para las energías renovables, son una quimera en términos de sustituir los combustibles fósiles.

Por ejemplo, en la actualidad hay unos 1400 millones de coches. Sustituirlos por coches eléctricos supone la inversión de instalar postes de recarga en todas las aceras de aparcamiento del planeta. Echando las cuentas, en España esta obra supondría una potencia equivalente a la capacidad máxima del país actualmente.

Hablando de alternativas a los combustibles fósiles, ya sea fabricar y transportar una central eólica, limpiar los sedimentos de las presas o construir y gestionar los desechos de una central nuclear, se necesitan cientos de camiones trabajando ininterrumpidamente, con su correspondiente consumo de gasolina.

A pesar de todos estos avances a nivel tecnológico, si miramos el plano social, el Banco Mundial estima que para 2050 habrá 140 millones de refugiados climáticos. Por otro lado, las generaciones más jóvenes actualmente ganan menos a pesar de tener más número de trabajos que hace 40 años y han perdido poder adquisitivo para emanciparse de forma totalmente independiente.

Finalmente, vivimos en un momento histórico donde la democracia ha quedado enormemente debilitada precisamente por cómo ciertos movimientos políticos han dominado las tecnologías de control público, en especial las redes sociales. Estamos en la era de la hipervigilancia, donde todos nuestros movimientos diarios quedan monitorizados milimétricamente por unas pocas grandes empresas. Como explica la periodista Marta Peirano en su ensayo “El enemigo conoce el sistema”, las redes sociales ya se han convertido en un territorio de la posverdad, donde el límite entre lo verídico y lo falso es irrelevante para el público general, logrando cocer manipulaciones electorales a gran escala. En relación con cuestiones como la crisis climática, son una plataforma excepcional para la proliferación de grupos negacionistas de todo.

De hecho, todas estas paradojas tienen un nombre y en inglés se llaman wicked problems (algo así como “problemas perversos”), situaciones complejas donde no hay una respuesta evidente. Existen infinidad de tensiones entre todos los agentes de nuestra sociedad como para que sea tan fácil pulsar una tecla. Para que todos ganemos, unos pocos tienen que perder. El problema es que esos pocos son los que tienen el poder.

Esto no quiere decir que todo lo que hacemos las personas normales y corrientes en nuestro a día a día sea malvado.

Pertenezco a una generación donde la mayoría intentamos informarnos, sabemos que las latas van en el amarillo porque es para envases y no solo para plásticos, usamos el metro y, además, nos hemos encontrado con una precariedad sistémica por la que apenas nos ha dado tiempo a derrochar consumiendo pilas, uralita y gotelé. Pero también somos una generación donde los viajes de fin de semana son a Berlín y no a Gandía, los iPhones se quedan desfasados cada dos años, pedimos comida por Glovo y estamos a un clic de renovar todo nuestro armario.

La mentalidad colapsologista no promueve la rendición ni la renuncia absoluta a nuestro estilo de vida, sino la búsqueda de la sostenibilidad.

Todos estos ejemplos pueden ser tan abstractos como reales, la cuestión es plantearnos una serie de preguntas, despertar el pensamiento crítico ante nuestra forma de vivir, de relacionarnos, de consumir y de producir.

¿Hay maneras en que podamos vivir mediante un crecimiento sostenible? ¿Podrían existir incluso vías para un decrecimiento sostenible que nos lleve hacia nuevos puntos de equilibrio? ¿Podemos aprovechar las evidentes ventajas de la tecnología para favorecer esta sostenibilidad y no para dinamitarla?

La paradoja es que ahora podemos utilizar inteligencia artificial para decorar un artículo donde critico el uso futil de la tecnología. Jaque mate.

Pues estamos apañaos

Planteados estos escenarios, una ideología colapsologista aboga por una serie de prácticas que precisamente nos ayuden a adaptarnos ante el mundo que podemos esperar para las próximas décadas. Algunas de estas acciones son:

  • Ser conscientes. Es solo un primer paso pero realmente importante, porque supone darnos cuenta de que llevamos años viviendo un proceso de crisis progresiva. El relato del presente eterno es mentira. Somos como una rana en una olla a la que progresivamente se le aumenta la temperatura (nunca mejor dicho) hasta que muere hervida sin enterarse nunca de ello. Aunque es evidente que para poder subvertir las lógicas del sistema, no nos queda otra que asumir que nuestro punto de partida se sitúa dentro del propio sistema.
 
  • Entender cómo funciona el mundo. Lógicamente, cada cual tiene una capacidad limitada de tiempo y no podemos ser expertos en todo. Sin embargo, leer ciertos ensayos o informes sobre economía, ciencia, sociedad o ecología puede ayudarnos a comprender este tema del colapso. Este proceso de aprendizaje también supone un desaprendizaje de modelos que siempre habíamos creído verdades inmutables, como que los políticos van a solucionarnos los problemas y que a las empresas les importamos más allá de como consumidores.
 
  • Identificar los síntomas del colapso. Ya sabemos que no va a caer un meteorito, pero sí están sucediendo manifestaciones que están conectadas entre sí: deshielo del ártico, pérdida de biodiversidad, precariedad, fake news, amenazas nucleares, deforestaciones, guerras energéticas o nuevas pandemias tienen de fondo ese capitalismo todoterreno que lo condiciona todo. Desarrollemos un pensamiento crítico para desentrañar las causas y consecuencias de aquello que las noticias nos enseñan como meros hechos aislados.
 
  • Asumir que las otras luchas también son importantes. El hecho de que adaptarnos ante el colapso puede parecer una narrativa suficientemente sólida como para eclipsar el resto de batallas, nada más lejos de la realidad. Cualquier tipo de activismo local (feminista, poscolonialista, intergeneracional…) suma para generar una sociedad más concienciada, motivada y preparada para provocar el cambio de paradigma.
 
  • Considerar el arte un aliado inesperado. En contraposición a la abundancia de relatos totalmente utópicos y distópicos que vemos en el cine, la literatura o los videojuegos, aún quedan muchas narrativas que explorar en el contexto de una adaptación sensata y sostenible ante el colapso. Trabajar en torno a estos escenarios nos acostumbra a una realidad plausible a la que debemos aspirar porque ya formaría parte de nuestro imaginario colectivo.
 
  • Emplear la tecnología a nuestro favor. Hay que recordar que la tecnología no es más que una herramienta y, por tanto, es susceptible de usarse para el bien o para el mal. Tenemos infinidad de ejemplos donde los avances tecnológicos han solucionado muchísimos problemas en nuestra sociedad, pero también hemos visto las consecuencias de ponerse al servicio del poder. No siempre más tecnología es mejor, especialmente cuando se usa en detrimento de la esencia de nuestros valiosos saberes contemporáneos y de las habilidades interpersonales. Hablar de un mundo low-tech consiste en repensar nuestros modelos de producción y consumo aplicando la tecnología de forma sensata, justa y accesible.
 
  • Fomentar la resiliencia. Este concepto tan manido básicamente representa esa adaptación que debemos acometer en los próximos años. Vamos a encontrarnos con situaciones inéditas de privación de ciertas libertades, prohibiciones, regulaciones y reducciones forzosas, como ya estamos experimentando en los últimos meses. Anticipémonos creando sistemas comunitarios de trabajo, explorando el autoconsumo o recortando con conciencia gastos superfluos antes de que no quede otra opción.
 
  • Asumir cada responsabilidad en nuestra justa medida. No podemos ni debemos culparnos individualmente por cada acción estrictamente no correcta que hagamos. Claro que coger el coche contamina, y un avión para irnos de vacaciones más, o utilizar Instagram alimenta el capitalismo de datos, o es más barato comprar en un supermercado que en un mercado local. Pero a lo mejor también podemos compartir coche en viajes largos, utilizar una app de delivering responsable o utilizar herramientas de código abierto. Se trata de hacer un esfuerzo por alcanzar nuevos equilibrios, sin recriminaciones ni remordimientos pero con honestidad con las posibilidades de cada cual.
 
  • ¡Vamos a reírnos un poco, j****! Puede que todo lo que hayáis leído hasta aquí contradice este punto, pero una actitud colapsologista debe ser más científica que pesimista y, por tanto, permeable al humor. Consumir únicamente contenido catastrofista, lamentarnos por las esquinas e intoxicar al resto de personas con relatos deprimentes sólo puede tener consecuencias negativas y una pérdida de ilusión por un futuro que todavía está por disfrutar. Por esa razón, vamos a acabar en alto.
 
Probablemente si la maqueta la hubiera construido yo, no habría sido tan linda.

También pasan cosas buenas

Sí, el mundo está fatal y a veces queremos irnos a dormir y que nos llamen cuando esté arreglado, pero podemos hacer aquello que a los telediarios habituales o los periódicos digitales les sale poco rentable: vamos a consumir un poco de optimismo.

 
 
 
 
 
 

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