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La fase divergente -a la hora de encarar la solución de un proyecto de diseño industrial- es divertida. Brainstormings por allí, sketches por aquí… si todo va bien (que no es el tema hoy) llegamos a un punto en el que nos encontramos inundados por una pila de propuestas que contemplamos pensando: y ahora, ¿qué?

Hace poco en un curso online descubrí una herramienta llamada Análisis Morfológico que me llamó mucho la atención porque básicamente estructuraba y desarrollaba algo que ya llevaba años haciendo sin nombrarla. De hecho, no es la primera herramienta para diseñar que bebe de unos procesos más similares a los de la ingeniería, como también puede ocurrir con la TRIZ

El análisis morfológico descompone un objeto en tantas dimensiones como variables sean susceptibles de ser individualmente diseñadas y ayuda al diseñador a contemplar todas las opciones ideadas para cada una de esas variables, presentando un escenario que te ayudará a tomar decisiones. 

¿Qué? Vamos a coger un caso extremadamente sencillo para entenderlo. Pongamos que queremos diseñar un tenedor y a todos nos viene automáticamente qué forma debe tener, pero… ¿acaso sólo existe un tipo de tenedor? Si nos ponemos a descomponerlo en sus múltiples dimensiones, podríamos enumerar una larga lista de variables:

  • Número de puntas.
  • Forma de cada punta.
  • Proporción puntas/cuerpo.
  • Material del cuerpo.
  • Mango.
  • Longitud.
  • Grosor.
  • Curvatura.

Y así podríamos escribir unas cuantas más. Ahora pensemos en cuántas opciones da de sí cada una de ellas. Por ejemplo, normalmente los tenedores habituales suelen tener 2, 3 o 4 puntas. Si entramos en la forma de una punta, puede terminar más afilada, roma o redondeada (como en un tenedor de plástico). Y así con cada dimensión. Claro que lo primero que podemos pensar es que esta atomización de las características del tenedor puede tender al infinito por lo que es importante tener la mesura y sabiduría de saber cuáles son realmente identificativas, viables y sensatas. (No me interesa pensar la opción de un tenedor de 17 puntas porque dejaría de asociarse con la forma de un tenedor o en valorar los diferentes radios de empalme del cuerpo con el mango porque es una característica apenas relevante).

Una vez tengamos todo esto escrito (en post-its, en un excel, como te sea más sencillo), no es difícil ver que si elegimos una opción de cada variable, obtendremos el tenedor nº1. Si volvemos a elegir diferentes opciones, nos resultará en el tenedor nº 2, y así tantas como tenedores queramos dentro de esas variaciones.

¿Y cómo esto es útil a la hora de diseñar? No creo que sea un sustituto al querido sketching, pues hay un valor en el hecho de pensar con la mano para precisamente llegar a identificar cuáles son esas variables y las opciones principales. Pero sí es útil para que, una vez generada esa pila de propuestas, podamos discernir qué posibilidades nos son más interesantes con el fin de estructurarlas y obtener unos diseños «finalistas» que pasarán el filtro hacia la fase de desarrollo.

El caso del tenedor es realmente básico, porque este análisis morfológico puede aplicarse a sistemas mucho más complejos. Por ejemplo, yo lo apliqué (involuntariamente) en uno de los proyectos a los que más cariño les tengo: el interior de un vagón de metro.

¿Cuántas dimensiones podemos encontrar? Anchura, altura, longitud, número de puertas, número de asientos, orientación de asientos, conexión entre vagones, tipo de suelo, tipo de tirador de seguridad, tipo de luminarias, colores, materiales, uniones… fácilmente sacamos decenas de dimensiones (algunas de ellas a su vez recursivamente dimensionables). Como mi intención era diseñar un vagón modular, paramétrico y personalizable, a partir de este análisis elegí cuáles eran las dimensiones más relevantes para que variaran y pude elegir mis cuatro modelos definitivos de vagón, los que mejor representaban todas las opciones de ese juego modular. 

Ojo, ahora parece relativamente sencillo aplicarlo a un diseño industrial pero tiene sentido extrapolarlo a un servicio, una experiencia o un evento. Por rescatar otro caso personal, si analizamos un evento como el Diseñatón que organizamos desde AIDI, el evento puede dividirse en multitud de dimensiones: número de jornadas, duración de cada una, número de participantes, valor del premio, personas por grupos, espacio, distribución de la sede, número de personas de jurado, material entregado a los participantes… 

Quizá el mayor problema del análisis morfológico es por qué elegir una opción por encima de otra o qué criterio utilizar para combinar determinadas dimensiones. Aquí introduzco el concepto de dimensiones asociadas que, como bien conocéis aquellos acostumbrados a bocetar en Solidworks, implica una dependencia entre ambas. En mi vagón de metro, empíricamente pude comprobar que los vagones más altos son también los más anchos, por lo que tenía sentido que mantuviera esa relación. O aquellos que tenían tres pares de puertas eran precisamente los más cortos y sin pasillo de conexión. Tienes la llave en la mano porque cuanto menos aprietes esas relaciones, más transgresor (y más complicado de aterrizar) será tu resultado. Una opción es mantener relaciones de dependencia fuertes entre dimensiones que no nos interesa tocar pero explorar en aquellas donde se focaliza nuestra innovación.

En el Diseñatón estamos igual, el número de personas participando afecta a la elección del espacio; el número de personas por grupo a la distribución de las mesas; la cantidad entregada de premio al dinero disponible para otros gastos; la temática de los patrocinadores… Rara es la dimensión que sea independiente de otras. 

Una vez más, el reto consiste en expresar todas estas relaciones con la suficiente claridad para que, al menos el diseñador, pueda entender la lógica desencadenada con cada elección. Aquellos más aventurados pensarían en un macro condicional de Excel pero realmente se puede hacer con un poco de orden y unos post-its, por ejemplo marcando con el mismo símbolo aquellas dimensiones dependientes o generando unas puntuaciones para priorizar unas dimensiones sobre otras, lo cual da para capítulo aparte.

Y hasta aquí una herramienta quizá muy particular para tomar decisiones a la hora de diseñar pero que es una vía de escape para aquellos momentos en que la desbocada inspiración necesita ser domada por la sensatez del razonamiento. Cada uno que le dé su sabio uso personal.