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Se sabe que viajar es algo siempre recomendable para pensar divergente, abrir tu alcance de miras y disfrutar de lo diferente. Pero también se puede viajar sin moverte del sitio y ahí es cuando el reto de adquirir ese aprendizaje es aún mayor, porque tiene que venir promovido no por un contexto sino desde tu interior, como es el viaje que estoy haciendo ahora hacia mi destino profesional. ¿Dónde llegaré? No lo sé. Pero sí sé (más o menos) qué dirección tomar. El problema es que yo, como buen maximizer que soy, no quiero dejarme ningún fleco suelto y eso no es necesariamente algo bueno. En mi caso particular, estoy ajustando constantemente la dirección de la marcha por múltiples cambios de orientación, algunos premeditados (de la rama técnica del diseño a la estratégica) y otros prácticamente obligados (asentarme como autónomo). Por si fuera poco, me voy encontrando con áreas de conocimiento que aparecen y evolucionan a un ritmo superior al que soy capaz de asumir.

Si eres joven y con cierta promiscuidad intelectual (un día hablamos de ese término), vas a encontrar en este relato una analogía con tu historia personal. De la misma forma que, precisamente, el miedo o la inseguridad te pueden encontrar a ti.

Bueno, esto sucede por uno de mis sesgos cognitivos favoritos, llamado el efecto Dunning-Kruger. Básicamente explica cómo personas con poco conocimiento sobre un área en cuestión, se creen más inteligentes y preparadas que las personas que realmente lo están. Por el lado contrario, estas últimas tienden a verse en una posición inferior a la que realmente les corresponde. En ambos casos, estamos analizando erróneamente nuestra propia capacidad.

Como se puede ver, en el momento en el que una persona descubre la inmensa llanura de un nuevo campo, tiende a pavonear en exceso para demostrar su (aún escaso) conocimiento sobre él. ¿Quién no ha escuchado a un amigo repitiendo las tres mismas frases que sabe de un idioma que acaba de empezar a estudiar? ¿Universitarios de primer año alardeando entre ramas sobre qué fórmulas son más difíciles en cada una? ¿Escuchar en la radio del coche una reflexión de veinte segundos sobre algo y luego ir replicándosela a todo el mundo? ¿Leer en un libro lo que es el efecto Dunning-Kruger y escribir una entrada para contarlo? Lo que pasa es que, en aquellas áreas donde realmente estamos interesados en aprender, el propio universo acaba poniéndonos en nuestro sitio y llega un momento en el que ves que las tres fórmulas o palabras de las que alardeabas representaban el 0’001% del conocimiento necesario para ser un experto en ese tema. ¡Vaya! Menos mal que si a la larga acabas realmente dominándolo, vuelves a recuperar la confianza, pero con mayor sensatez y total justificación.

El problema de esta situación es que enfrenta constantemente a personas del primer pico y personas en el valle, tanto en discusiones de asuntos generales como política o deporte como en- y aquí vienen los peores conflictos- ámbitos laborales, donde el choque puede ser terrible. Si tú te encuentras en el segundo pico, es relativamente fácil echar un vistazo a tu mochila de conocimientos para hacer uso de la templanza necesaria que frene a cualquier inepto pero, ¿cómo haces ver a una persona que no sabe nada sobre un tema si ni tú misma te consideras tan experta como para desmontarle sus argumentos a la perfección? (¿Tiene que ser a la perfección?)

A veces se nos olvida y tendemos a sobreanalizar los conflictos y los problemas, pero gran parte de ellos nacen de un elemento común: la ignorancia, de una o de todas las partes. Aprovecho para colar en el relato el principio de Hanlon, que dice tal que: “Nunca atribuyas a la maldad lo que se puede explicar por la estupidez”. 

Para terminar con algo parecido a una conclusión, vamos a excluir por un momento a la otra persona de la ecuación y centrarnos en ti. ¿De verdad no tienes esos argumentos? A lo mejor no son argumentos de 10, pero lo son de 6, más que suficiente para derrotar un argumento de 1. Ojalá esto afectara sólo a discusiones con ineptos pero la realidad es que puede llegar a ser un gran impedimiento que frene tu carrera laboral. También conocido como el Síndrome del Impostor, sientes que no mereces el reconocimiento que tienes, que tus conocimientos o habilidades no son suficientes para el trabajo que desempeñas y que, en definitiva, eres poco más que un fraude. ¡Algún día todo el mundo lo sabrá!

¿Cómo solucionarlo? Si bien aún no sé la fórmula exacta, pues es una de mis asignaturas pendientes, he tomado nota de cómo superar ese síndrome. Por un lado, evitando quedarte estancado en el valle de la versatilidad eterna e intentar aumentar tu especialización en al menos una o dos cosas para que esa confianza pueda revertir en el resto de destrezas menos avanzadas. Pero todo eso pasa por la premisa inexorable de aprender. Ser crítico con tus propias ideas, tener hambre de adquirir nuevo conocimiento, humildad para reconocer dónde fallamos pero coraje para trabajar de la mejor manera posible y seguir creciendo. Si estás tan concentrado en avanzar poco a poco posiciones en esa gráfica, aprenderás a ignorar al miedo y, quien sabe, a los que se conforman con una mera ilusión.

Imagen de cabecera tomada en la exposición “Más allá de 2001: Odiseas de la inteligencia” en el Espacio Fundación Telefónica.